libros del verano

El verano ya ha acabado. No era un propósito como tal, sino la mejor forma de pasar el tiempo en los viajes en metro. Por eso este verano me he leído 3 libros que quiero reseñar porque me parecieron interesantes.

Funky Business, el talento mueve el capital
es una mirada funky de la economía. El talento mueve el capital, ya no tienen tanta ventaja los que poseen las materias primas, sino los que tienen el conocimiento, el talento, la iniciativa y lo bits. El libro, aunque antiguo en los negocios relativos a la sociedad de la información, muestra una serie de principios aplicables a la vida y a los negocios, tanto para directivos y veinteañeros funkies. Los autores creen en el talento como el mejor activo de cualquier trabajador. La mente, sometida a un aprendizaje constante. En el mundo material, lo que más vale son las cosas que no se pueden tocar. Ya no importan los átomos sino lo que es intangible.

Y no, no hablan de Google, ya que cuando se escribió el libro no existía prácticamente. Ahora sería un ejemplo de empresa funky. El libro desgrana una serie de principios que debería seguir una empresa Funky S.A desde su organización, modelo de negocio o motivación empresarial.

Las paradojas del guionista, Daniel Tubau
no es el típico libro manual de guionista. No muestra reglas estrictas para crear un guión, sino una serie de principios con sus paradojas correspondientes. No siempre lo que se cree que funciona es lo mejor para hacer. A veces los que se salen de esas reglas crean las mejores historias. Muy inspirado en el libro de El Guión de Robert McKee, a veces demasiado.

El Guión, de Robert McKee.
Es el libro. El que mucho guionistas toman como libro de cabecera. No contiene recetas mágicas ni esquemas infalibles para escribir un guión. Si no que muestra ejemplos de películas, técnicas para comenzar a escribir un guión abordándolo desde el principio y no lanzarse a lo loco a escribir. Propone que hay que documentarse, crear esquemas de la historia, escribir las tramas antes que los diálogos y no encorsetar las escenas para que los actores puedan sentirse libres pero conscientes de su papel. En definitiva el guionista tiene que ser un orfebre de su obra. Siempre con una buena historia, claro.

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